jueves, 2 de abril de 2015

“Ámense los unos a los otros como yo los he amado”




 A.M. RODRIGUEZ
Con esta frase, Jesús instituyó la Eucaristía y también un antes y un después en cómo entendemos la fe y el amor fraterno entre nosotros. Pero no es mi intención hacer una reflexión teológica, ya que doctores y teólogos mucho más apropiados hay ya. Sirvan estas palabras como invitación al diálogo con ustedes y puede que a la reflexión.

Los católicos creemos en un Dios de los últimos. Pudiendo nacer en un trono no nació ni tan siquiera en una cueva, sino en un establo al calor de las bestias. El domingo pasado conmemorábamos su entrada en Jerusalén y no lo hizo a lomos de un caballo, sino de un burro. ¿Curioso no? Y por si fuera poco, veremos que al morir, no lo hizo decapitado ni lapidado, sino con la misma suerte que ladrones y asesinos: muerte de cruz.

La Humildad hecha hombre sólo tiene explicación desde el Amor.

Dijo Cristo que la hora había llegado. Pero no sólo su hora en aquel momento hace 2 milenios. Lo que recordamos cada Jueves Santo fue el comienzo, el ejemplo vivo hecho carne de cómo hemos de tratarnos los unos a los otros. No fue entrando de forma triunfal y con ejércitos, sino sirviendo.

La cruz en el mundo en que vivimos es ver que hay gente que está muriendo de hambre mientras usted lee estas líneas. Hay niños que pudiendo tener educación trabajan 16 horas diarias. Hoy revivimos la emigración de la quinta de nuestros abuelos, viendo a nuestros hijos salir en busca de trabajo. Hoy seguimos viendo en nuestras costas y fronteras cómo los que viven peor que nosotros se juegan la vida agarrados a un trozo de madera, o a una valla, porque en el lugar del que vienen no hay nada que echarse a la boca.

Diálogo muy interesante sería el preguntarnos por qué todo esto sigue sucediendo. Cuando hay más alimento del necesario. Cuando hay tecnología que no tuvieron mis abuelos para tener una alfabetización y cuando las fronteras son vallas que separan la muerte de hambre de un campo de golf en Melilla.

Siendo pequeño en casa éramos 11 para cenar y había sólo un pan. Sólo 1 pan, para 9 hijos, mi padre que pasaba el día fuera trabajando y mi madre atendiendo la casa, lavando ropa y cocinando lo que había. Con sólo un pan, caldo y gofio cenábamos todos y el pan seguía intacto. Y 12 platos se ponían en la mesa por si llegaba visita. En casa salimos adelante porque no había “tuyo y mío” sino que se ponía la cena para que comiéramos TODOS. Escapamos porque sabíamos que nuestro padre venía de trabajar y no había comido y nuestro padre y madre querían que sus hijos tuvieran algo en la barriga a parte de lombrices. No había vallas. No había fronteras. ¡Ni siquiera había comida! Y comimos.


“Ámense como yo los he amado”. Ámense hasta dar la vida. Y vivimos. Y de esa forma lo que hace 2000 años nos dijo Cristo siendo ejemplo lo viví yo hace medio siglo y el reto que tenemos HOY es el de ser testimonio de ello. ¡Ahora más que nunca!, cuando ya sabemos que hay medios suficientes para que nadie muera de hambre ni se vea sometido a explotación es cuando tenemos que ser testimonio.

Hoy Jueves Santo recordamos que el Amor entendido como compartir hasta dar la vida es sinónimo de vida y esperanza.